Sobre el suicidio

Recuerdo el día en que pregunté a Horacio sobre el suicidio. Seguramente llovía, aunque no lo hiciera. Yo andaría atribulado con mis lecturas o con mis angustias o con ambas cosas, y le pregunté si alguna vez había pensado en suicidarse.

“¿Y qué romántico no lo ha hecho en alguna ocasión?”, me dijo con una media sonrisa que era ternura y comprensión y caricia.

Se detuvo un instante para recuperar su gesto y prosiguió. “Quizás injustamente, me ha parecido comprender que existe una distinción fundamental entre pensar en el suicidio, que es un ejercicio de exaltación del ego, y suicidarse, que es un acto de extrema soledad. No me cuesta imaginar que ambas acciones no suelan coincidir en la misma persona, pero no me atrevería a afirmarlo”.

Se quedó unos minutos en silencio, con la vista fija en algún punto situado más allá de las paredes de su biblioteca, como si estuviera ponderando la validez de lo que acababa de decir. Finalmente, prosiguió.

“Dios, en su infinita sabiduría, imaginó diversas maneras de morir y sospecho que algunas son tan discretas que pueden hasta pasar desapercibidas. ¿Por qué debería plantearme el suicidio, si hace mucho que no tengo la certeza de seguir vivo?”.

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No surprises

https://youtu.be/u5CVsCnxyXg

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Tentación

“La tentación, querido Nuncio, es pensar que todo sucede por casualidad”, me dijiste.
Ah, Maestro, cuánto te echo de menos…
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I wish I were special

I don’t belong here…

https://youtu.be/k3_RU30tEIE

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Sueños

“Quién me envía estos sueños? Eres tú, maestro?

Ya no quiero soñar más.”

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El libro del desasosiego

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“Soy un fragmento de mí conservado en un museo abandonado. […] Por eso me encuentro en una abulia absoluta…”

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego

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Epifanía


Quizás la improbable coincidencia de la lluvia, un mar angustiado y cierto grado de soledad en un día de agosto sea suficiente para justificar una epifanía, o -probablemente- las epifanías no existan y solo las queramos imaginar para dar una cierta importancia a la nada de nuestras vidas, al hastío que es todos los hastíos. 
De como de una epifanía que tiene que ver con lo imposible y la derrota, la mente te puede llevar a Cioran, no hace falta dar cuenta. Además, a Cioran (como a Clarice o Borges) siempre se vuelve si eres Nuncio. 
Horacio despreciaba a Cioran. Él pensaba que el pesimismo no es algo de lo que se deba hacer bandera ni ostentación; que la tristeza es personal y no debe compartirse. 
Con todo, hojeo los cuadernos de Cioran, todavía animado por la casualidad que hoy me ha llevado a él y, abriendo una página al azar, doy con estas lineas que serían de Horacio si no fueran de Cioran y de infinitos hombres antes que él:

“Por suerte o por desgracia, siempre me ha atraído más lo posible que la realidad y nada es más extraño a mi caracter que la realización. He profundizado hasta el menor detalle todo lo que nunca habré hecho. He ido hasta el fondo de lo virtual.”

Aún a sabiendas que Horacio se molestaría por este pensamiento (él siempre defendió el sentido artístico de su escritura), yo, separado de su compañía por tantos años, estoy cada vez menos convencido de su genio y más cerca de ver en él a un hombre que jamás dejó de temer, que jamás fue capaz de vivir. 
Cioran vuelve a escupirme otro pensamiento de Horacio. Es como si hoy fuera él y yo no estuviera leyendo más sus cuadernos, sino que estuviera conversando con mi maestro en su sala de lectura. 

“Todas las imposibilidades se resumen en una: la de amar. La de salir de la tristeza propia”

Bien pensado, Cioran no es Horacio. Cioran es todos los hombres.  

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