Volver

Finalmente, me decidí a volver. Todo estaba igual. Nada estaba igual.

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El ocaso de Horacio

El final de Horacio fueron unos meses, pero él se había ido mucho antes. No podría decir cuándo sucedió, pero sé que mis visitas dejaron de ser conversación, para ser únicamente compañía. No es que eso me sorprendiera ni me molestara, al contrario, yo era feliz allí, a su lado, en su biblioteca leyendo sus libros y escuchando su música. Su mera presencia en aquel sillón era para mí inspiración y cobijo. Aquella habitación era el lugar donde yo me sentía a salvo del mundo. Era el lugar de lo posible. Pero allá donde antes había conversación y risas, pasó a haber silencio y contemplación.

Él siguió sentado en su butaca mirando a la ventana, esperando eternamente la lluvia, pero su mirada ya nunca dejó de ser triste y sus manos de repente fueron frágiles; las piernas pasaron a estar siempre apoyadas en una banqueta, cubiertas por una manta gris y sus pies ya nunca se despojaron de las zapatillas. Había renunciado a él mismo.

El proceso fue lento y paulatino, pero yo no era capaz de verlo hasta que de repente lo vi. Así solemos percibir los cambios, que nos toman por sorpresa un día después de muchos días, una señal después de muchas señales. El velo que cubría nuestros ojos desaparece y hace visible lo que permanecía oculto frente a nosotros. Ese día miré a Horacio desde mi sillón y lo vi envejecido, cansado; creí verle dificultad al respirar. Le pregunté asustado si se encontraba bien. Él sonrió y asintió con la cabeza. Su mirada parecía decir ¿ahora te das cuenta? Pero no era un reproche, sino una caricia. La juventud ensimismada no es capaz de imaginar la vejez, que siempre la toma por sorpresa; que siempre aparece como algo extraño. Por ello, pese a su respuesta, mi rostro siguió mostrando preocupación. Horacio me habló entonces, quizás por primera vez en semanas.

—La existencia individual es un misterio para mí, querido Nuncio. Algunos la han considerado ilusoria y no seré yo quien les lleve la contraria. Con todo, yo me inclino por pensar que somos el recuerdo de alguien y nuestra vida nace y muere con ese recuerdo, viviendo con pasión mientras somos recordados y apagándonos poco a poco a medida que lo que fuimos va convirtiéndose en olvido.

Me acerqué a él y le tomé la mano. Y mi mano en su mano quiso decir, te amo, no te vayas. No me abandones. Te necesito. Yo te recuerdo. Pero no importaba porque no es el recuerdo de alguien lo que nos da la vida, sino el olvido de alguien lo que nos la quita. Horacio se sintió desvanecer de la memoria de quien lo fue todo para él y ya no tuvo vida a la que volver.

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Nochevieja en el bosque

Los animales no saben hoy,

en el bosque,

que es nochevieja.

El año no cambia hoy para ellos,

que buscan cobijo y comida

cada día y cada noche.

Pensarán que hace poco frío.

Se engañaran imaginando una primavera cercana

Pero el invierno siempre es largo.

Los animales no saben hoy,

en el bosque,

que ya no me quieres.

Que también yo busco, como ellos,

comida y cobijo

cada día y cada noche.

Que también me engaño soñando una primavera cercana.

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Queda

https://youtu.be/2eIy648WfJQ

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Tiempos de poesía

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Dime

– Dime, maestro, fue todo una ensoñación?

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Sobre el suicidio

Recuerdo el día en que pregunté a Horacio sobre el suicidio. Seguramente llovía, aunque no lo hiciera. Yo andaría atribulado con mis lecturas o con mis angustias o con ambas cosas, y le pregunté si alguna vez había pensado en suicidarse.

“¿Y qué romántico no lo ha hecho en alguna ocasión?”, me dijo con una media sonrisa que era ternura y comprensión y caricia.

Se detuvo un instante para recuperar su gesto y prosiguió. “Quizás injustamente, me ha parecido comprender que existe una distinción fundamental entre pensar en el suicidio, que es un ejercicio de exaltación del ego, y suicidarse, que es un acto de extrema soledad. No me cuesta imaginar que ambas acciones no suelan coincidir en la misma persona, pero no me atrevería a afirmarlo”.

Se quedó unos minutos en silencio, con la vista fija en algún punto situado más allá de las paredes de su biblioteca, como si estuviera ponderando la validez de lo que acababa de decir. Finalmente, prosiguió.

“Dios, en su infinita sabiduría, imaginó diversas maneras de morir y sospecho que algunas son tan discretas que pueden hasta pasar desapercibidas. ¿Por qué debería plantearme el suicidio, si hace mucho que no tengo la certeza de seguir vivo?”.

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