Despedida (I)

Vigilia, sueño o una elemental traición de la duermevela, todavía no sé qué fue y me resisto a creer que importe.

Sucedió la semana pasada, durante la noche aquella en que el calor apretó con fuerza, quizás por primera vez este verano. No conseguía dormir profundamente y andaba dando vueltas en la cama. Calor asfixiante. Sed. Eché mano a la botella de agua que siempre duerme a mi lado y, a tientas, no supe encontrarla.  Medio abrí los ojos. Y entonces la confusión.

El sueño, porque eso entendí que debía ser, mostraba entre la penumbra la antigua habitación que compartí con mi hermana cuando éramos niños. A mi lado, en la vieja mesita de noche, el viejo flexo rojo y negro y mis gafas de pasta, con cinta adhesiva en la patilla. Todo tan preciso que no pude evitar sorprenderme porque esos detalles estuvieran intactos en mi memoria. Encendí la luz y, en la cama de al lado, pude ver a mi hermana Dori, no mayor de seis años, durmiendo serenamente. No pude evitar detenerme unos segundos en su sonrisa calma y su melena enredada. Así éramos, Do, cuando el verano era jugar en el balcón y beber de un botijo de plástico azul. Apagué la luz para no molestarla y decidí ir al lavabo a refrescarme la cara, pensando que la intención misma serviría para despertarme. Atravesé la puerta, reparando en la habitación de mis padres que estaba cerrada. Me gustaría verlos, pensé, pero el ruido los despertaría.

Ya en el lavabo, llegué con dificultad al grifo y a mirarme en el espejo. Ocho años, más o menos. Bajito como siempre he sido. Con mi pijama azul con la palabra “Taxi” cruzándole el pecho. Sin dar crédito a todo lo que estaba pasando, no debí estar más de tres minutos allí, reviviéndolo todo con la mirada. La cortina de la bañera, el viejo armario de las medicinas, ya nada está igual. Cuando mi curiosidad quedó satisfecha, decidí volver a la cama, algo ansioso por recuperar un sueño tranquilo, menos real. Al cruzar el pasillo, y al otro extremo de la habitación de mis padres, pude ver, a través de la vidriera traslucida de la puerta, la luz del comedor encendida. ¿Quién podía estar allí? No sin vacilar, decidí ir a comprobarlo.

Al abrir, pude ver a mi tía Cari sentada en el sofá, con sus gafas marrones de pasta, la novela de Marcial Lafuente Estefanía en una mano, y el cigarro eterno que años más tarde le regalaría un cáncer en la base de la garganta en la otra. Todavía viva esta noche, extrañamente, más de diecinueve años después de haberse ido lentamente; tan lenta, que nos acostumbramos a que se estuviera yendo y, cuando finalmente lo hizo, ya era demasiado tarde para decirle que la echaríamos de menos. Pero no esta noche. Hoy estaba como la recuerdo cuando nos acompañaba al colegio, cuando nos hacía reír con sus bromas. Jamás he conocido a nadie tan malhablado como ella lo era.

Al oír la puerta, levantó los ojos de la novela y me miró.

– Nene, ¿qué haces levantado a estas horas?

– No podía dormir, tía.- Respondí, titubeando, todavía sin dar demasiado crédito a todo lo que estaba pasando.

– Deberías intentarlo.

– Ya, pero no puedo…

Con un suspiro largo, se quitó las gafas y dejó la novela.

– Bueno, ¿y qué quieres que hagamos? Son las seis todavía.

– ¿Jugamos al parchís?

Es imposible contar las horas que pasé de pequeño jugando al parchís con mi tía.

– Bueno, venga. Coge el tablero y las fichas.

En los diez minutos que duró la partida, a ratos volví a sentirme un niño de ocho años, olvidando lo demás. Al acabar, y sorprendiéndome en un bostezo, mi tía Cari me miró y me dijo que me fuera de vuelta a la cama. Que ahora sí que podría dormir. Me levanté y antes de salir del comedor me giré a mirarla. Ese era el momento. Debía decirle que la echábamos de menos. Que me hubiera encantado que conociera a mis dos hijos. Que la tengo presente muchas veces. Pero el nudo en la garganta, me impidió hablar. Y cuando me di la vuelta y empecé a abrir la puerta, su voz me interrumpió.

– Javi, tranquilo. Ya lo sé.- Una pausa de dos segundos, en la que no fui capaz ni de parpadear. -Y yo también os echo de menos.-

Y me sonrió.

Recuerdo el gusto salado de las lágrimas en mis mejillas mientras me metía en la cama de nuevo. Todavía sabían así, cuando me desperté por la mañana, ya de vuelta.

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7 respuestas a Despedida (I)

  1. Perpensatio dijo:

    Lo más bonito que he leído jamás… Seguro que la tía Cari piensa exactamente lo mismo.

  2. Cristina Rodríguez Arroyo dijo:

    Precioso! Jo! Tu si que sabes tocar la fibra sensible….snif! snif!

  3. Supongo que lo has escrito tu Xavi……no poría ser de otra manera

  4. axi1975 dijo:

    Gracias a los tres. En efecto lo escribí yo, Jaume.

  5. Javi me ha impresionado mucho eres único expresando tus sentimientos que comparto contigo.

  6. UTLA dijo:

    Hola Javi,
    Que relato tan tierno.
    Lo que resulta más enternecedor es que posiblemente todos tengamos a algún ser querido que no le dijimos que le queriamos en sus últimas semanas antes de irse.
    La parte final es muy bonita, sobretodo porque expias de alguna manera la frustación del personaje guardada durante tantos años. Bonito, realmente bonito…
    ¿ Se esta volviendo Aquiescente Sr. X ? ^_^
    Un abrazo muy grande Sr. X.

  7. wonderwall90 dijo:

    Como ya te dije, me parece un relato triste y a la vez bonito, tierno y muy bien escrito. Me gusta como describes el estado entre sueño y realidad en el que se encuentra el pequeño Javi. Y la dulzura y la sencillez con la que abordas un tema tan amargo. Un beso, nos leemos!

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