Sobre el suicidio

Recuerdo el día en que pregunté a Horacio sobre el suicidio. Seguramente llovía, aunque no lo hiciera. Yo andaría atribulado con mis lecturas o con mis angustias o con ambas cosas, y le pregunté si alguna vez había pensado en suicidarse.

“¿Y qué romántico no lo ha hecho en alguna ocasión?”, me dijo con una media sonrisa que era ternura y comprensión y caricia.

Se detuvo un instante para recuperar su gesto y prosiguió. “Quizás injustamente, me ha parecido comprender que existe una distinción fundamental entre pensar en el suicidio, que es un ejercicio de exaltación del ego, y suicidarse, que es un acto de extrema soledad. No me cuesta imaginar que ambas acciones no suelan coincidir en la misma persona, pero no me atrevería a afirmarlo”.

Se quedó unos minutos en silencio, con la vista fija en algún punto situado más allá de las paredes de su biblioteca, como si estuviera ponderando la validez de lo que acababa de decir. Finalmente, prosiguió.

“Dios, en su infinita sabiduría, imaginó diversas maneras de morir y sospecho que algunas son tan discretas que pueden hasta pasar desapercibidas. ¿Por qué debería plantearme el suicidio, si hace mucho que no tengo la certeza de seguir vivo?”.

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